IA-Obrero, la Advertencia de hace 135 años

Inteligencia Artificial y el trabajador: la advertencia de Rerum novarum que resurge 135 años después

Por Santiago Schnell

ACIPRENSA, 19 de mayo de 2026.

Toda revolución tecnológica llega con su propia apologética. Promete eficiencia, abundancia y alivio del trabajo agotador, y a menudo ofrece algo de las tres cosas. Lo que no ofrece es el vocabulario moral necesario para gobernarla. El trabajo cambia más rápido que el juicio. El poder se concentra más rápido de lo que la ley puede limitarlo. Los hogares se vuelven vulnerables antes de que alguien haya calculado el costo.

Este panorama describe el mundo al que el Papa León XIII dirigió Rerum novarum —“De las cosas nuevas”— el 15 de mayo de 1891. La encíclica describe el “prurito revolucionario” que había pasado de la política a la economía. Las “cosas nuevas” eran la fábrica industrial, el contrato de trabajo asalariado y una concentración de riqueza que había deformado el tejido social en apenas una generación.

En nuestros días, Rerum novarum sigue ofreciendo un modelo para afrontar la revolución de la inteligencia artificial (IA), que corre el riesgo de avanzar más rápido que el vocabulario moral necesario para gobernarla.

Dado que el Papa León XIV considera su ministerio como una continuación de la tradición inaugurada por León XIII hace 135 años esta semana, el aniversario de este texto fundacional de la doctrina social moderna de la Iglesia es una invitación urgente a reflexionar sobre la IA en términos explícitamente leoninos.

El hombre antes que la máquina

La mayoría de los lectores probablemente recuerden Rerum novarum como la encíclica que apoyó las asociaciones obreras y rechazó el socialismo. Eso es cierto. Pero debajo de esas conclusiones existe un argumento antropológico más profundo.

La tesis de León XIII era que la persona humana, dotada de la capacidad de razonar, no vive sólo de impulsos. Planificamos, proveemos y asumimos responsabilidades a lo largo del tiempo. Por eso importa la propiedad privada: es la condición material estable de la previsión, de la administración del hogar y de la provisión intergeneracional. El trabajo debe dar al trabajador acceso a esa estabilidad, no separarlo de ella.

La propiedad, en este sentido, es la forma duradera que adoptan los frutos del trabajo en beneficio del hogar. La familia es el lugar donde esos frutos se transmiten, con amor, a quienes no los ganaron, y desde el excedente del hogar, la caridad llega a la comunidad más amplia. Si se eliminan estas capacidades o se reducen a formas meramente transaccionales, no sólo existe un problema económico, sino una persona herida.

La crisis de 1891, según el diagnóstico de León XIII, fue que la modernidad industrial reemplazó esas capacidades en lugar de potenciarlas. El trabajador se había convertido, en sus palabras, en un “mero instrumento para ganar dinero”, valorado únicamente por su fuerza física. La fábrica no abolió lo humano; desplazó a la persona de aquellos actos que la hacen humana.

¿Potenciar o reemplazar?

León XIII no era en absoluto un ludita. No propuso desmantelar la industria. Simplemente insistió en que toda nueva tecnología debía medirse según la persona a la que estaba destinada a servir.

Aplicado a la IA, la pregunta es: ¿la herramienta potencia o reemplaza las capacidades humanas? ¿Este nuevo sistema amplía las capacidades personales del trabajador o las absorbe? ¿La herramienta mejora sus habilidades o las vuelve irrelevantes? La distinción es mía, pero expresa una preocupación claramente leonina.

He argumentado en estas páginas que esa es precisamente la pregunta que debemos hacernos sobre la IA en las aulas: ¿la herramienta potencia las capacidades del estudiante —juicio, discernimiento, responsabilidad por la verdad— o las reemplaza? Una IA que redacta el ensayo de un estudiante mientras él sigue siendo incapaz de defender su tesis no lo ha educado; ha producido en su lugar. El objetivo de la educación no es producir ensayos, sino formar una persona con una mente viva y responsable.

La misma prueba se aplica ahora más allá de las fábricas y escuelas: a oficinas, hospitales, tribunales, empresas y, cada vez más, al propio hogar. La tecnología es moralmente compleja; puede potenciar y también reemplazar. La cuestión es si tendremos la claridad y el valor para distinguir entre ambas cosas.

Aplicación a la IA

Consideremos cuatro ámbitos en los que esta prueba aclara lo que está en juego, teniendo siempre a la familia como fundamento.

Primero: el juicio

La maquinaria industrial desplazó el trabajo físico, pero el trabajador aún conservaba el juicio que ordenaba su labor. La IA amenaza algo que la máquina de vapor no hizo: desplazar no sólo la acción, sino el juicio sobre la acción.

El juicio no es simplemente el veredicto que concluye el pensamiento. Es la operación mediante la cual una persona formula una pregunta, imagina alternativas, sopesa lo que está en juego y responde por la respuesta. Un lugar de trabajo en el que el juicio se delega a un modelo deja al profesional, al técnico o al artesano con tareas por ejecutar, pero sin actos propios que asumir.

¿La herramienta potencia la habilidad del trabajador o lo reduce a un engranaje dentro de un sistema mayormente impersonal?

Segundo: los frutos del trabajo

León XIII sostenía que el trabajo establece un derecho justo sobre lo que produce. Más tarde, Pío XI aclaró en Quadragesimo Anno que la producción implica esfuerzos combinados de trabajo y capital, por lo que los frutos no pueden atribuirse sólo al trabajo.

Sin embargo, eso deja una pregunta seria cuando los modelos de IA son entrenados con el trabajo agregado de escritores, programadores, ilustradores y analistas cuyos aportes pueden quedar sin atribución y sin compensación.

El Magisterio aún no ha emitido un juicio definitivo; sin embargo, la tradición nos indica qué debe evaluarse: ¿la nueva herramienta potencia o reduce el consentimiento, el reconocimiento, la compensación y el bien común?

Tercero: la concentración

León XIII denunció, sin disculparse, a “un pequeño número de hombres muy ricos” que habían impuesto un yugo sobre las masas trabajadoras. El paralelo actual es evidente: un puñado de empresas controla los modelos fundacionales, la capacidad informática y los datos de los que depende la IA contemporánea.

Los mercados y la propiedad son legítimos, pero deben servir al bien común —incluido el bien espiritual de las personas— y no solo al beneficio material.

¿La herramienta potencia o reduce una distribución justa del capital y del poder?

Cuarto: la asociación

León XIII no imaginaba al trabajador como un contratista solitario y desnudo frente al poder. Defendió las “asociaciones obreras”: comunidades de formación, ayuda mutua y responsabilidad compartida, no simples instrumentos de negociación.

Ese principio se aplica directamente a la economía de la IA. Cuando la contratación, la evaluación, los ascensos y los despidos son mediados por sistemas opacos, los trabajadores necesitan instituciones que preserven la posibilidad de apelación y la revisión humana: colegios profesionales, órganos de gobierno académico, juntas médicas y otras instituciones intermedias donde el juicio se forma y se hace responsable.

¿La herramienta potencia o reemplaza el bien humano particular de la asociación?

Para León XIII, la asociación es un derecho natural, y su propósito no es obtener ventajas contra el empleador, sino proteger a la persona frente al poder impersonal de cualquier tipo.

La primacía de la familia

Detrás del lugar de trabajo está la familia, que la Iglesia enseña consistentemente que es anterior en naturaleza y derechos al Estado. León XIII la consideraba la principal beneficiaria de una economía justa.

Un padre trabajaba para que sus hijos no sufrieran necesidad; el trabajo de una madre sostenía el hogar; la herencia transmitía los frutos del trabajo a la siguiente generación. Esto no era sentimentalismo, sino arquitectura social: el fundamento sobre el cual descansaba todo lo demás.

Los efectos económicos de la IA ya están alcanzando ese nivel fundamental. La disrupción no se limita a las profesiones; la capacidad de las personas para ganarse la vida y sostener a sus familias —ahora y en las futuras generaciones— se vuelve insegura.

La pregunta de León XIII sobre el salario justo —si el trabajo devuelve al trabajador lo suficiente para sostener un hogar— es exactamente la pregunta que una economía marcada por la IA deberá responder.

Cuando las carreras estables se fragmentan, cuando el trabajo intelectual de clase media se vuelve precario, cuando los jóvenes adultos no pueden proyectar un futuro lo suficientemente estable como para casarse y tener hijos, el desplazamiento no es solo individual. Es generacional, y nuestra evaluación de los efectos de la IA debe tenerlo en cuenta.

Continuar el legado

La doctrina social católica no terminó con Rerum novarum. San Juan Pablo II, en Laborem Exercens, distinguió entre la dimensión objetiva del trabajo —lo que se produce— y su dimensión subjetiva: la persona que trabaja y se forma a través del trabajo.

La pregunta sobre potenciar o reemplazar presta atención precisamente a ese significado subjetivo del trabajo.

Benedicto XVI, en Caritas in veritate, recordó igualmente que la tecnología nunca es sólo tecnología: toda herramienta lleva implícita una concepción de la persona humana y debe situarse dentro de un horizonte moral, en lugar de convertirse ella misma en el horizonte.

El Papa León XIV ya ha hecho explícita esa continuidad. En su discurso del 10 de mayo de 2025 al Colegio Cardenalicio, explicó que eligió el nombre León porque la Iglesia enfrenta hoy otra revolución social y económica, que plantea “nuevos desafíos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo”.

En su mensaje de junio de 2025 sobre ética de la IA, inspirado en Antiqua et nova, insistió en que el acceso a los datos no debe confundirse con inteligencia y que la IA debe evaluarse según el desarrollo humano integral.

En un discurso de diciembre de 2025 a consultores laborales, expresó la idea en los términos leoninos más simples: el trabajo no debe girar en torno al capital, las leyes del mercado o las ganancias, sino “la persona, la familia y su bienestar”.

León XIII insistía en que ninguna solución puramente procedimental puede resolver la cuestión social; sólo la religión y la moral pueden hacerlo. La cuestión de la IA tampoco puede abordarse separada de la religión y la moral.

El procedimiento por sí solo, por eficiente o informado que sea, no puede producir aquello en lo que las personas y las instituciones deben convertirse.

Las “cosas nuevas” de cualquier época no deben determinar las cosas humanas. La persona no puede ser reducida a algoritmos del mismo modo que no pudo ser reducida a la industrialización. El llamado de la Iglesia al discernimiento permanece constante, independientemente de las nuevas tecnologías, porque la persona que defiende no cambia.

Lo que León XIV está diciendo encaja dentro de un marco que tiene ya 135 años esta semana. Rerum novarum sigue siendo el documento que más vale la pena releer mientras León XIV continúa desarrollando la reflexión de la Iglesia sobre la inteligencia artificial.

Publicado originalmente en National Catholic Register. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.

Etiquetas: Rerum Novarum, noticias católicas, Iglesia Católica e inteligencia artificial, Papa León XIV

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