El Papa León XIV ordena a 32 sacerdotes en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Por Courtney Mares.
ACIPRENSA, 27 de junio de 2025.
El Papa León XIV ordenó este viernes a 32 sacerdotes en el marco de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, instándolos a inspirarse en los numerosos ejemplos de santidad sacerdotal en los 2000 años de historia de la Iglesia Católica y a compartir el amor de Dios con el mundo.
Miles de presbíteros colmaron la Basílica de San Pedro para la Misa celebrada este 27 de junio, el momento culminante del Jubileo de los Sacerdotes. Los nuevos sacerdotes provienen de más de 20 países, incluyendo Italia, Croacia, Brasil, Ucrania, Corea del Sur, México, Nigeria, India, Vietnam, Ucrania, Uganda, Etiopía y Rumania, entre otros.
“Amen a Dios y a sus hermanos y hermanas, y entréguense a ellos generosamente”, dijo el Papa León XIV durante su homilía, momentos antes de la ordenación.
“Sean fervientes en la celebración de los sacramentos, en la oración, especialmente en la adoración ante la Eucaristía, y en su ministerio. Manténganse unidos a su rebaño, dediquen generosamente su tiempo y energía a todos, sin reservas ni parcialidad, como nos enseñan el costado traspasado de Jesús crucificado y el ejemplo de los santos”, añadió.
Frente al altar construido sobre la tumba de San Pedro, los hombres que estaban siendo ordenados yacían postrados sobre el suelo de mármol de la basílica, mientras miles cantaban las Letanías de los Santos.
La Basílica de San Pedro, la iglesia más grande del mundo, estaba casi completamente llena de filas y filas de sacerdotes con vestimentas blancas, arrodillados. El Papa León XIV impuso sus manos sobre la cabeza de cada uno de los 32 jóvenes a quienes ordenó al sacerdocio.
El Papa León XIV destacó los siglos de testimonios de sacerdotes que “han sido mártires, apóstoles incansables, misioneros y defensores de la caridad”, instando a los nuevos presbíteros a “apreciar este tesoro: aprender de sus historias, estudiar sus vidas y obras, imitar sus virtudes, inspirarse en su celo e invocar su intercesión con frecuencia e insistencia”.
El Pontífice también llamó a estar alertas contra la tentación del éxito superficial y mundano. “Con demasiada frecuencia, el mundo actual ofrece modelos de éxito y prestigio dudosos y efímeros. ¡No se dejen engañar por ellos!”, dijo. “Contemplen más bien el sólido ejemplo y la fecundidad apostólica, a menudo ocultos y modestos, de quienes, con fe y dedicación, han dedicado su vida al servicio del Señor y de sus hermanos”.
Las ordenaciones tuvieron un significado especial para muchos de los jóvenes, algunos de los cuales estaban en Roma por primera vez.
“Recibí la noticia con lágrimas en los ojos, pero con alegría. Nunca lo hubiera esperado. Para mí es la prueba de cómo Dios actúa en la vida. Él tiene un plan perfecto. Solo hay que confiar”, dijo Jiergue Stanley, un haitiano de 35 años que viajó por primera vez a la Ciudad Eterna para ser ordenado.
Gilbert Tika, de Ghana, declaró a EWTN News Nightly antes de su ordenación: “Es maravilloso ser ordenado por el Papa, el Papa León. Creo que es un regalo especial que Dios me está dando a mí y a los demás hermanos que también serán ordenados”.
“Ser sacerdote para mí significa ser un signo de esperanza para las personas con las que vivo, con las que ejerceré mi ministerio”, añadió. “Practicar el hábito de mirar las cosas con los ojos de Jesucristo. Y ayudar a otros a mirar el mundo a través de los ojos de Cristo y hacer que las personas sientan que todavía son amadas por Dios”, expresó.
Otro de los sacerdotes recién ordenados, el mexicano Jorge Antonio Escobedo Rosales, de 27 años, dijo: “Acepté este regalo con gran alegría después de 13 años de formación sacerdotal”.
El Papa León XIV saludó con gran emoción a cada uno de los nuevos sacerdotes tras los ritos de ordenación, abrazándolos bajo el baldaquino de Bernini.
“Nuestra esperanza se basa en la certeza de que el Señor nunca nos abandona: siempre está a nuestro lado”, dijo el Santo Padre. “Al mismo tiempo, estamos llamados a cooperar con Él, sobre todo poniendo la Eucaristía en el centro de nuestras vidas, por ser ‘fuente y culmen de la vida cristiana’”.
El Pontífice también citó una frase de una homilía que San Agustín pronunció en el aniversario de su ordenación episcopal: “Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano”, destacando el gozoso fruto de la comunión que une a fieles, sacerdotes y obispos en el reconocimiento de que todos son salvados por la misma misericordia de Dios.
En la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que se centra en el amor de Cristo derramado por la humanidad, el Papa León XIV reafirmó su compromiso con la unidad eclesial y la paz. “El ministerio sacerdotal es de santificación y reconciliación para la edificación del cuerpo de Cristo en la unidad”, afirmó.
“En la Misa solemne de inauguración de mi pontificado [el 18 de mayo], expresé ante el pueblo de Dios mi gran deseo de ‘una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado’. Hoy comparto este deseo una vez más con todos ustedes”, continuó.
La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que se celebra en el viernes que sigue al Corpus Christi, tiene su origen en la Francia del siglo XVII gracias a las visiones de Santa Margarita María Alacoque. Fue instituida oficialmente por el Papa Pío IX en 1856 y se ha convertido en una importante fecha católica que enfatiza el amor de Cristo y el llamado a la compasión y la reparación.
La última encíclica del Papa Francisco, Dilexit Nos, aborda la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
“Reconciliados unos con otros, unidos y transformados por el amor que brota abundantemente del corazón de Cristo, caminemos juntos con humildad y determinación siguiendo sus huellas”, dijo el Papa León XIV.
“Llevemos la paz del Señor resucitado a nuestro mundo, con la libertad que nace de sabernos amados, elegidos y enviados por el Padre”, alentó.
Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa. Publicado originalmente por CNA.
Etiquetas: Iglesia Católica, Sagrado Corazón de Jesús, ordenación sacerdotal, noticias católicas, Papa León XIV.
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El Papa León XIV celebró una Misa este viernes en la Basílica de San Pedro con motivo de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, enmarcada en el Jubileo de los Sacerdotes. El Pontífice ordenó durante la celebración 32 nuevos presbíteros.
Lea aquí el texto completo de la homilía del Santo Padre.
Hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada para la santificación sacerdotal, celebramos con alegría esta Eucaristía en el Jubileo de los Sacerdotes. Me dirijo, por tanto, en primer lugar, a ustedes, queridos hermanos presbíteros, que han venido a la tumba del apóstol Pedro para entrar por la Puerta Santa, para volver a sumergir sus vestiduras bautismales y sacerdotales en el Corazón del Salvador.
Para algunos de los aquí presentes, este gesto se realiza en un día muy especial de su vida: el de la ordenación. Hablar del Corazón de Cristo en este contexto es hablar de todo el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Señor, confiado de manera especial a nosotros para que lo hagamos presente en el mundo. Por eso, a la luz de las lecturas que hemos escuchado, reflexionemos juntos sobre cómo podemos contribuir a esta obra de salvación.
En la primera, el profeta Ezequiel nos habla de Dios como un pastor que guarda su rebaño, contando sus ovejas una por una: va en busca de las perdidas, cura a las heridas, sostiene a las débiles y enfermas (cf. Ez 34,11-16).
Nos recuerda así, en un tiempo de grandes y terribles conflictos, que el amor del Señor, del cual estamos llamados a dejarnos abrazar y moldear, es universal, y que a sus ojos —y por tanto también a los nuestros— no hay lugar para divisiones ni odios de ningún tipo.
En la segunda lectura (cf. Rm 5,5-11), san Pablo, recordándonos que Dios nos reconcilió «cuando todavía éramos débiles» (v. 6) y «pecadores» (v. 8), nos invita a abandonarnos a la acción transformadora de su Espíritu que habita en nosotros, en un camino diario de conversión. Nuestra esperanza se basa en la conciencia de que el Señor nunca nos abandona; nos acompaña siempre.
Sin embargo, estamos llamados a cooperar con Él, ante todo, poniendo en el centro de nuestra existencia la Eucaristía, «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm.
Lumen gentium, 11); luego «por la fructuosa recepción de los sacramentos, sobre todo en la frecuente acción sacramental de la Penitencia» (ÍD., Decr. Presbiterorum ordinis, 18); y, por último, con la oración, la meditación de la Palabra y el ejercicio de la caridad, conformando cada vez más nuestro corazón al del «Padre de las misericordias» (ibíd.).
Y esto nos lleva al Evangelio que hemos escuchado (cf. Lc 15,3-7), en el que se habla de la alegría de Dios —y de todo pastor que ama según su Corazón— por el regreso al redil de una sola de sus ovejas.
Es una invitación a vivir la caridad pastoral con el mismo espíritu generoso del Padre, BOLLETTINO N. 0448 – 27.06.2025 9 cultivando en nosotros su deseo: que nadie se pierda (cf. Jn 6,39), sino que todos, también a través de nosotros, conozcan a Cristo y tengan en Él la vida eterna (cf. Jn 6,40).
Es una invitación a unirnos íntimamente a Jesús (cf. Presbiterorum ordinis, 14), semilla de concordia entre los hermanos, cargando sobre nuestros hombros a los que se han perdido, perdonando a los que han errado, yendo en busca de los que se han alejado o han quedado excluidos, cuidando a los que sufren en el cuerpo y en el espíritu, en un gran intercambio de amor que, naciendo del costado traspasado del Crucificado, circunda a todos los hombres e impregna al mundo.
El Papa Francisco escribía al respecto: «De la herida del costado de Cristo sigue brotando ese río que jamás se agota, que no pasa, que se ofrece una y otra vez para quien quiera amar.
Sólo su amor hará posible una humanidad nueva» (Carta enc. Dilexit nos, 219). El ministerio sacerdotal es un ministerio de santificación y reconciliación para la unidad del Cuerpo de Cristo (cf. Lumen gentium, 7).
Por eso, el Concilio Vaticano II pide a los presbíteros que hagan todo lo posible por «conducirlos a todos a la unidad de la caridad» (Presbiterorum ordinis, 9), armonizando las diferencias para que «nadie se sienta extraño» (ibíd.). Y les recomienda que estén unidos al obispo y al presbiterio (cf. ibíd., 7-8).
En efecto, cuanto mayor sea la unidad entre nosotros, tanto más sabremos llevar también a los demás al redil del Buen Pastor, para vivir como hermanos en la única casa del Padre.
San Agustín, a este propósito, en un sermón pronunciado con ocasión del aniversario de su ordenación, hablaba de un fruto gozoso de comunión que une a los fieles, a los presbíteros y a los obispos, y que tiene su raíz en el sentirse todos rescatados y salvados por la misma gracia y por la misma misericordia.
Pronunciaba, precisamente en ese contexto, la famosa frase: «Con ustedes soy cristiano y para ustedes, obispo» (Sermón 340,1). En la misa solemne del inicio de mi pontificado, he expresado ante el Pueblo de Dios un gran deseo: «una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado» (18 mayo 2025).
Hoy vuelvo a compartirlo con todos ustedes: reconciliados, unidos y transformados por el amor que brota abundantemente del Corazón de Cristo, caminemos juntos tras sus huellas, humildes y decididos, firmes en la fe y abiertos a todos en la caridad, llevemos al mundo la paz del Resucitado, con esa libertad que nace de sabernos amados, elegidos y enviados por el Padre.
Y ahora, antes de concluir, me dirijo a ustedes, queridos ordenandos, que, dentro de poco, por la imposición de las manos del Obispo y con una renovada efusión del Espíritu Santo, se convertirán en sacerdotes. Les digo algunas cosas simples, pero que considero importantes para su futuro y para el de las almas que les serán confiadas. Amen a Dios y a los hermanos, sean generosos, fervorosos en la celebración de los sacramentos, en la oración —especialmente en la adoración— y en el ministerio; sean cercanos a su grey, donen su tiempo y sus energías a todos, sin escatimarse, sin hacer diferencias, como nos enseñan el costado abierto del Crucificado y el ejemplo de los santos.
Y a este propósito, recuerden que la Iglesia, en su historia milenaria, ha tenido —y tiene todavía hoy— figuras maravillosas de santidad sacerdotal. A partir de la comunidad de los orígenes, la Iglesia ha generado y conocido, entre sus sacerdotes, mártires, apóstoles incansables, misioneros y campeones de la caridad.
Atesoren tanta riqueza: interésense por sus historias, estudien sus vidas y sus obras, imiten sus virtudes, déjense encender por su celo e invoquen con frecuencia y con insistencia su intercesión. Nuestro mundo propone muchas veces modelos de éxito y prestigio discutibles e inconsistentes. No se dejen embaucar por ellos.
Miren más bien el sólido ejemplo y los frutos del apostolado, muchas veces escondido y humilde, de quien en la vida ha servido al Señor y a los hermanos con fe y dedicación, y mantengan su memoria con su fidelidad. Encomendémonos finalmente todos a la maternal protección de la Bienaventurada Virgen María, Madre de los sacerdotes y Madre de la esperanza, que sea ella quien acompañe y sostenga nuestros pasos, para que podamos configurar cada vez más nuestro corazón con el de Cristo, sumo y eterno Pastor.


























