Identificó y creyó a la Virgen, San Juan Diego

La Fe y Obediencia de san Juan Diego a la Guadalupana

 

 

facebook

twitter-x

email

native

Luis Carlos Frías – publicado en ALETEIA, el 13/11/25

facebook

twitter-x

email

 

La fe y la obediencia de san Juan Diego en el Acontecimiento Guadalupano es un espejo de agua cristalina que demuestra la grandeza de un hombre humilde.

 

(CAMPAÑA DE NAVIDAD 2025.

Para ayudar a Aleteia a continuar su misión, haz una donación. De este modo, el futuro de Aleteia será también el tuyo. Deseo donar en 3 clics).

 

Resulta imposible aislar un texto del Nican Mopohua que señale la virtud de la fe en san Juan Diego ya que toda la narración del Acontecimiento Guadalupano es un espejo de agua cristalina que refleja esta luz de la fe; sin embargo, se pueden tomar algunos textos y hechos, tipo muestra, que confirman la presencia e importancia de esta virtud, así como la obediencia y presteza correspondientes.

 

 

1

Su bautismo

Lo primero a destacar es que el nombre “Juan Diego” es con el que fue bautizado el indio Cuauhtlatoatzin –que significa, en nahuatl, ‘el águila que habla´–.

 

El bautismo no es cosa menor que pueda pasarse como intrascendente ya que este sacramento es, justamente, el que nos da la fe sobrenatural por la que profesamos el Credo en Dios Trino –amén de otras gracias como la remisión del pecado original, la inserción en la santa Iglesia con la triple función de sacerdotes, profetas y reyes, y el convertirnos en templos vivos del Espíritu Santo–.

 

Destacar el bautismo de san Juan Diego nos pone en la vía cierta de la reflexión acerca de su fe.

2

Instrucción y práctica

Por otro lado, Juan Diego no solo estaba bautizado, sino que tenía cierta instrucción religiosa y práctica litúrgica. Esto lo vemos claro en varios textos:

 

– “Era sábado, muy de madrugada, venía en pos de Dios y de sus mandatos” (n. 6).

– “Y él le contestó: ’Mi Señora, Reina, Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor: nuestros Sacerdotes’” (n. 24).

– “Al día siguiente, domingo, bien todavía en la nochecilla, todo aún estaba oscuro, de allá salió, de su casa, se vino derecho a Tlatilolco, vino a saber lo que pertenece a Dios y a ser contado en lista; luego para ver al Señor Obispo. Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado: se había oído Misa y se había nombrado lista y se había dispersado la multitud” (nn. 68-69).

– “Y el martes, siendo todavía mucho muy de noche, de allá vino a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar el Sacerdote a Tlatilolco…” (n. 99).

– “(…) que primero nos deje nuestra tribulación; que antes yo llame de prisa al Sacerdote religioso, mi tío no hace más que aguardarlo…” (n. 102).

– “Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo…” (n. 113).

– “Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde había mandado la Señora del Cielo que se erigiera su casita sagrada, luego pidió permiso: quería ir a su casa para ir a ver a su tío Juan Bernardino, que estaba muy grave cuando lo dejó para ir a llamar a un Sacerdote a Tlatilolco para que lo confesara y lo dispusiera, de quien le había dicho la Reina del Cielo que ya había sanado” (nn. 194-195).

3

Reconoció a la Virgen María

Juan Diego

San Juan Diego

San Juan Diego reconoció a la santísima Virgen, incluso antes de que ella se presentara y le revelara su misión y, por ello, su emoción fue desbordante de expresiones llenas de amor y de ternura; y su postura (se postró) fue consecuente ante semejante presencia. Reconocerla en ese primer encuentro hace entender que, previamente, san Juan Diego había tenido una experiencia de ella en la catequesis y en su vida de fe.

 

“En su presencia (Juan Diego) se postró. Escuchó su aliento, su palabra, que era extremadamente glorificadora, sumamente afable, como de quien lo atraía y estimaba mucho. Le dijo (la Virgen): ‘Escucha, hijo mío el menor, Juanito. ¿A dónde te diriges?’ Y él le contestó: ‘Mi Señora, Reina, Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor: nuestros Sacerdotes’” (nn. 22-24).

4

No dudó de ella

–  Por ello accedió a ser su mensajero:

 

“E inmediatamente en su presencia se postró; le dijo: ‘Señora mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra; por ahora de Ti me aparto, yo, tu pobre indito’” (n. 38).

– Por ello no dudó en ir a buscar flores a la cumbre del Tepeyac:

“Aunque bien sabía yo que no es lugar donde se den flores la cumbre del cerrito, porque sólo hay abundancia de riscos, abrojos, huizaches, nopales, mezquites, no por ello dudé, no por ello vacilé. Cuando fuí a llegar a la cumbre del cerrito miré que ya era el paraíso. Allí estaban ya perfectas todas las diversas flores preciosas, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas, de modo que luego las fuí a cortar (…)” (nn. 175-177).

– Por ello mudó su angustia en franca paz cuando la Virgen le dijo que su tío Juan Bernardino ya estaba sano:

“Y Juan Diego, cuando oyó la amable palabra, el amable aliento de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se consoló, bien con ello se apaciguó su corazón, y le suplicó que inmediatamente lo mandara a ver al gobernante Obispo, a llevarle algo de señal, de comprobación, para que creyera” (nn. 122-123).

5

Cumplió su misión de manera ejemplar

La misión que la Virgen encomendó a san Juan Diego la vino a realizar con suma presteza y buena disposición; señal de su confianza y obediencia en su ‘Reina y muchachita’.

 

– “Luego vino a bajar para poner en obra su encomienda: vino a encontrar la calzada, viene derecho a México” (n. 39).

– “Juan Diego, por su parte, le respondió, le dijo:-”Señora mía, Reina, Muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; con todo gusto iré a poner por obra tu aliento, tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni estimo por molesto el camino. Iré a poner en obra tu voluntad, pero tal vez no seré oído, y si fuere oído quizás no seré creído. Mañana en la tarde, cuando se meta el sol, vendré a devolver a tu palabra, a tu aliento, lo que me responda el Gobernante Sacerdote” (nn. 63-65).

– “Y Juan Diego luego fue al palacio del Señor Obispo” (n. 70).

– “Y en cuanto le dió su mandato la Celestial Reina, vino a tomar la calzada, viene derecho a México, ya viene contento. Ya así viene sosegado su corazón, porque vendrá a salir bien, lo llevará perfectamente. Mucho viene cuidando lo que está en el hueco de su vestidura, no vaya a ser que algo tire; viene disfrutando del aroma de las diversas preciosas flores” (nn. 143-146).

6

Soportó las dificultades

 

San Juan Diego soportó lo indecible: dificultades para ver al Obispo y su lógica incredulidad, así como los maltratos de sus servidores; más no por ello desistió en su encomienda:

 

– “Y en cuanto llegó, luego hace el intento de verlo, les ruega a sus servidores, a sus ayudantes, que vayan a decírselo; después de pasado largo rato vinieron a llamarlo, cuando mandó el Señor Obispo que entrara” (nn. 41-42).

– “Y habiendo escuchado (el Obispo) toda su narración, su mensaje, como que no mucho lo tuvo por cierto, le respondió, le dijo: ‘Hijo mío, otra vez vendrás, aun con calma te oiré, bien aun desde el principio miraré, consideraré la razón por la que has venido, tu voluntad, tu deseo’. Salió; venía triste porque no se realizó de inmediato su encargo” (nn. 44-46).

– “Y Juan Diego luego fue al palacio del Señor Obispo. Y en cuanto llegó hizo toda la lucha por verlo, y con mucho trabajo otra vez lo vió (…)” (nn. 70-71).

– “Cuando vino a llegar al palacio del Obispo, lo fueron a encontrar el portero y los demás servidores del Sacerdote gobernante, y les suplicó que le dijeran cómo deseaba verlo, pero ninguno quiso; fingían que no le entendían, o tal vez porque aún estaba muy oscuro, o tal vez porque ya lo conocían que nomás los molestaba, los importunaba, y ya les habían contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo fueron siguiendo. Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón. Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si era llamado, y como que algo traía, lo llevaba en el hueco de su tilma; luego pues, se le acercaron para ver qué traía y desengañarse. Y cuando vió Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo aporrearían, un poquito les vino a mostrar que eran flores” (nn. 147-153).

Conclusión

Todos los textos anteriores vienen a ser claros reflejos de la fe de san Juan Diego y de su consecuente obra ya que esta es inseparable de la primera, como bien lo señala el apóstol Santiago en su carta:

 

“¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «Idos en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril?” (St 2, 14-20).

Tomemos el ejemplo de san Juan Diego, un hombre de fe, humilde, servicial, pronto a la misión, con paz y alegría en su corazón, a pesar de las dificultades que conlleva el cumplimiento de la misión. ¡Amén!